Mil años de la impiadosa
marca negra… la marca… la marca del olvido cada vez más inmerso en la espesura
de la niebla, difuminándose en el vacio… el vacio de aquel torso desgarrado por
los años bajo la mirada de la Parca que vigilaba sus pasos y que no lo deja
sentir la suavidad de los pétalos de rosa ni percibir la calidez de una mirada…
Es largo el camino tras esos mil años, mas no así el recorrido. Es sin embargo
tempestuoso y caótico. Dibujado con la sangre de vidas pasadas, entonado al son
de los lamentos al aire…
¿Y qué si ha de caer?...
¿Qué más da?... En la caída ha encontrado ya un aliado, un amigo, un compañero
de copas en la taberna de las paradojas, en donde las contradicciones del
corazón y la mente se entrelazan y son entonadas por los trovadores, que acorde
tras acorde describen lo intangible del sentimiento en el vacio…
- ¡Vete ya Parca maldita!...
¡Que a tu sombra he dejado de ver la luz! – Gritaba al borde de la colina, con
la esperanza de ahuyentar los fantasmas del pasado y a su mentor - ¡Deja ya de
encriptar mis lagrimas!... ¡Deja ya de interponer tus frías manos entre el
sentimiento y el razonamiento!... ¡Deja de carcomer mis entrañas con tus
palabras!... ¡Deja que por fin pueda sentir la brisa a mi alrededor! –
continuaba gritando en el silencio de la colina, en los aposentos de su
conciencia, en el templo de su pensamiento…
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